mercredi, décembre 08, 2004

Con un sólo parpadeo

Yo vivo en mi burbuja y a veces
salgo y veo que está todo mal y "adentro de nuevo"
26-05-04
Iba caminando por el centro de la ciudad, para corroborar si seguía intacto mi odio por el verano, cuando a un impertinente niño se le ocurrió ponerse a jugar con su bubble maker en mis narices. Por un par de cuadras me vi entonces envuelta en una marea de pequeñas burbujas que me perseguían hasta desvanecerse por completo. La magia de unas gotas de detergente se reflejaban en el asqueroso sol del mediodía y me hacían sonreír un poco, lo que no era difícil dado mi extraño buen humor.
Por ese entonces Let y yo veníamos divagando sobre las “jaulas” que debemos inventarnos para sobrevivir cuando las cosas se ponen ásperas. Se me ocurrió así que semejante coincidencia (las burbujas y mis jaulas) no debía pasarse por alto. Fue entonces cuando entendí que todos necesitamos de las burbujas, jaulas, heladeras, termos, ravioles para subsistir en este intrincado maremoto que termina resultando la vida de uno, por más aburrida que sea.

Clasifiqué entonces:

Burbujas clasistas
Los niños ricos se reúnen con niños ricos y van a lugares de niños ricos y así. Es raro que tengan amigos de otras clases y si los tienen su actitud frente a ellos es distante y/o antropológica, (léase: “vos viste como es él/ella, así...”) cuando no discriminatoria. La clase media se junta con clase media y salvo en insólitas coyunturas de “la lucha es una sola”; experiencia tan ridícula como efímera, dudan en ponerse al mismo nivel que las clases bajas, mientras adulan a las clases altas y las envidian con un sano desdén y un fuerte insulto cuando pueden. Al ser la encargada de mediar entre los polos está obligada a no diferenciarse demasiado de ninguno mientras que pugna por dejar a los de abajo abajo y se resigna frente a los de arriba. La cultura de la clase media es su mayor estandarte. El lujo y la pobreza son la misma cosa, en tanto representan lo que jamás alcanzarán, ya sea por imposibilidad o lucha desmesurada cuerpo a cuerpo, respectivamente. Las clases bajas son las más perjudicadas, como siempre. El círculo vicioso que se forma entre todos los males que las aquejan sólo resulta en un continúo estamento inmóvil, sin salida, esperanza o fin . Cualquier relación con otra clase conlleva a la paranoia digna de los excluídos (llámense judíos, gays o pobres).

Burbujas intelectuales
De arriba hacia abajo en la tabla de “culturización” se genera una discriminación evidente. Los doctores a los profesores, los profesores a sus alumnos, los alumnos avanzados a los aprendices, los universitarios a los secundarios, los secundarios a los que deben materias, los que deben materias a los que no entraron a la escuela y así. Supone una ventaja en este país que la educación no sea vista como un valor. Pero esto no hace más que agravar la situación ya que no sólo se da una exclusión hacia abajo sino también hacia arriba, en tanto las personas menos competentes desdeñan a los más competentes por tildarlos de sabelotodos o agrandados. Ser inteligente en este país equivale o a cogerte minas por doquier o a amasar una gran fortuna, cuando no a tener un programa de tele o contactos en la comisaría.

Burbujas de género
Es notorio que algunas mujeres no tengan amigos varones. Si bien es complicado, creo que una mujer que no es capaz de hablar con un hombre como par (en tanto amigo) califica de animalito sexual siempre histérico digno de un análisis freudiano infinito. Con los hombres pasa igual, ya sea por misoginia o aburrimiento, no encuentran atractivo a una charla, un apoyo, un mate femenino que no termine en coito alocado. Muchos años dudé en la amistad transexual (miau, miau, miau, me dicen la gata), pero conviene hacer salvedades que distan de aquel viejo canon “fea-lindo” “linda-fea”. Creer que uno no tiene nada en común con alguien de otro sexo y limitar la relación (inconscientemente) por una imposición previa de “diferencia” es tan común como idiota.

Burbujas sexuales
Mas allá de la moda actual de la bi y homosexualidad, es raro que los gays no discriminen en alguna medida a los heterosexuales por “reprimidos” o solamente distintos. A su vez, los heterosexuales brindan una desconfianza camuflada de aceptación en la mayoría de los casos, cuando no se extralimitan en una abierta oposición a la homosexualidad como “defecto”, “enfermedad” o “pecado”. Tanto de un lado como del otro existen grupos que no admiten la entrada de “intrusos” volviéndose en el caso de los homosexuales un perro que muerde su propia cola y del otro lado un selecto grupo de potenciales actores de “American Beauty”.

Así las cosas, transpirada y cansada de caminar, llegué a mi casa y sin darme cuenta quebré todas estas burbujas juntas. Debo reconocer que tuve que hacer el esfuerzo en más de un caso, pero lo logré. ¿Debería ponerme contenta por ser tan amplia? ¿O acaso soy un ridículo caso de hipocresía progresista? La duda también tomó forma de burbuja. Me metí adentro y no salí. Sabiendo que mi mentira era la más sana de todas las que tenía a mano: formada de muchas otras me dejaba seguir siendo yo (?), ahora más seca y relajada pero siempre igual de débil y contradictoria. Volví a salir a la calle. Esta vez no había detergente, sólo calor, pavimento y soledad. La música de los coches amenizaba el momento. Mi buen humor seguía a salvo.-